El lugar hallado

"Acabo de descubrir un lugar delicioso dormido entre años. Ha sido sin querer, como algunos grandes hombres descubren lo que concretamente no esperaban descubrir; pero, al descubrirlo, sienten la legítima alegría de haber acertado con toda su voluntad iluminada...
Todo eso casi lo pronunciaba Sigüenza asomándose de puntillas a un jardín de escombros. Nadie.
El silencio con el aliento de todo." Polop de la Marina (Alicante)

Así comienza un capítulo del libro de Gabriel Miró Años y leguas, el que da título a este blog que servirá de lugar de encuentro para conocer un poco más nuestra lengua y nuestra literatura.

17.12.25

 Juan Francisco Mercader Vera: Lo que nunca quise escribir.
Talón de Aquiles, Valencia, 2024. 210 pp.

  Juanfran Mercader ha sido uno de mis alumnos de Lengua y Literatura que más ha destacado por su creatividad literaria, no en vano siempre era ganador de los concursos literarios que organizaba nuestro instituto, el Monte Miravete de Torreagüera (Murcia), o cualquier otro al que presentara sus textos desatados --como su personalidad-- pero que hacían impacto certero --por su madurez, por su sensibilidad, por su constante indagación-- entre los componentes de los jurados que habían de otorgar los premios. Terminados sus estudios de secundaria, Granada y su universidad le aportaron otras alas para proseguir su búsqueda, vital e interior, y recalar en las páginas de un largo poemario --no se puede encerrar la mente de Juanfran en unas cuantas planas-- titulado Lo que nunca quise escribir. Más de docientas páginas agrupadas bajo seis títulos, o seis libros, que constituyen toda una “Elegía del amor”, un poemario sobre el amor perdido.

Dado el carácter apasionado de nuestro autor, no me cabe sino imaginar la intensa experiencia amorosa previa sobre la que se sustenta la cara B que suponen los poemas del libro: no se suele escribir en estadios de felicidad, sino cuando llega el dolor (“En la escritura encontré el remedio necesario... para balizar los pensamientos y retomarlos”, escribe Mercader).

 Bajo el título de “Mucho antes de la catarsis”, se reúnen los poemas que valoran la reciente ruptura y tras la que se siente un bufón, “un payaso/que confundió tu ternura con amor”. Pese a ello, sigue buscándola en las colinas, en el mar, como el alma a su creador rememorando a san Juan de la Cruz, porque cuando prescinde de todo lo material queda solo alma, “por fin libre y despojada/de su cuerpo,/pero aún así, incorpórea,/mi alma no sabía, sino tomar/la forma de tu nombre”. Condenado a una espiral de amor/desamor, describe su teoría: su corazón, en permanente llama petrarquista y quevediana, arde en amor, “infierno o invierno”, “que parece inmortal, pero un día desaparece/y todo el tiempo se esfuma/siendo la peor inversión que existe... Queda ceniza seca y fría”. Los “Cuatro olvidos” centrados en las estaciones del año luchan entre la ruptura y el alejamiento del “tú” con la tortura y desolación por su ausencia.

 “Para dormir con los gatos y aprender sus secretos” son poemas que añoran “un amor extinto, que me quiso y quise” porque “habitas entre la maleza, en los recovecos/de las piedras del templo de mi corazón,/una esquirla en los huesos, incrustada”.  Sensaciones perdidas (“Tu cuello sigue siendo tu cuello,/y en él, impertérrito tu perfume/de azahar y galán nocturno”), desesperados imperativos que quieren volver el amor (“Déjame quererte.../tráeme flores.../ huye de mí.../ no me escuches.../no me leas.../no se te ocurra perdonarme.../piensa en mi epitafio...”) o en tenue melancolía en medio de la naturaleza (“Se ha desvanecido tu olor de mis manos,/tu saliva se secó en mi piel,/pero el cielo que tú miras y el que yo miro/son el mismo. ¿Estará triste el tuyo?”). Y en “Para dormir sin los gatos” surgen poemas de bello erotismo cuando la recuerda junto a él (“Nunca quise ser líquido.../pero cuando te vi,/con tu cuerpo de arena sin sosiego,/quise ser agua,/hacerte paz haciéndote barro”) o traza su cosmovisión de ella: “”Yo he visto tu cuerpo arquearse/evocando la tensión/del mecanismo perfecto que mueve el mundo”, “Se quedarán mis palabras contigo/por si no lo hace mi amor./ Para que cuando no te quiera --para siempre--/te haya escrito para toda la eternidad”. Y en el extenso poema “Lamento” intenta definir su vida actual: lamento oscuro, hastiado, arrebatador, enfermizo, raro, sordo y mudo, porque “el beso que nunca se dio creó un eterno silencio”.

 “La semillas de la huida”, el cuarto bloque de poemas, describe una fuga hacia su soledad, a veces a través de imágenes irracionales (“Mariposas borrachas me atropellan,/con sus colores de terciopelo y hueso frágil/como los vestidos que se ceñían a ti/como tu sombra a tus dos soles”) y con la recurrente metáfora del naufragio en la que se ha convertido su vida tras el desamor (“Yo que siempre deseé/escribir sobre el amor,/me vi abocado a un océano/de delicioso desasosiego/en el que me hice a la soledad/como un náufrago a la mar”).    

 Los 86 poemas de “Lo que nunca quise escribir”, la parte más extensa del libro, son un arrebato de recuerdos de la felicidad perdida (“No sé cómo seguir siendo tuyo/en los viscerales amaneceres/que despierto ajeno al mundo/después de siglos sin verte”), de sentimientos de soledad y tristeza (“Me pesan las raíces, este mar de ego/espeso como lágrimas y harina de trigo./No quiso darme un beso la luna llena/hastiada de salir menguante tras vernos”), a menudo enmarcados en lugares de Granada (“Maltrecho bajo el Darro,/buscan por mis venas el hierro/(todos mis poemas te fallaron):/la fortaleza que no tuvo lo nuestro”), en donde se anteponen la palabra y el verso, bien como sentimiento (“Un beso es mucho menos/que una palabra que sienta”), pasión (“Mis letras son un incesto/fruto alegórico de la pasionalidad/del cuerpo y el alma cuando están juntos/--solos--”) o apatía (“Una hemorragia en el amor/me causa estas letras,/esta apatía inconmensurable/de nube que se desvanece al llover.../Solo sé amar cuando escribo”). Pero siempre hay una esperanza oculta, y siempre nace de la naturaleza, como la que surge en el poema ”Los ojos del atardecer”: “Todo se ha perdido:/la llanura sobre la que el sol descansaba,/las prisas por amar y olvidar,/hasta la luna ha sido encerrada./Arde el ocaso,/una lágrima se pavonea de ser la primera/del telón nácar que usa de cadalso./No todo se ha perdido: sale una estrella”.

Finaliza el libro con los poemas de “Volver a tierra (y otras irrealidades)” que encabeza una cita de Robe Iniesta (“Y ahora que no hay nada... por eso no he dejado de andar”), la voz poética se convierte en un “Caminante en mar abierto” que desea regresar, su alma viajera asume lo que ha recorrido y, pese a que sus ojos lloran al mirar sus recuerdos, Granada y su paisaje arropan su dolor. Los tercetos de “Mirador de las Maravillas” le permiten contemplar el camino recorrido y acabar preguntándole al camino por hacer: “¿me llevarás donde aflora el amor/o frente a la esquela de mi corazón?”. El poema final, “Lo que no quería escribir”, añora el romanticismo de su enamoramiento, añora la orquesta que arrobaba su corazón “ahora reducido/a órgano latente”.

Poesía de amor, desamor y duelo, huracán de desilusiones, ruptura recurrente en cada poema que deja una herida incurable. Poesía apasionada cargada de imágenes muy originales, expresivas y muy atinadas para  dejar constancia del sentimiento destrozado por la memoria del amor y la realidad de la ruptura: recursos como repeticiones y paralelismos (“¿Ahora que no tengo labios cómo te besaría?/¿Ahora que no tengo carne cómo me acariciarías?/¿Ahora que estoy hecho de viento y palabras cómo me verías?/¿Me verías?”), comparaciones enumerativas (“Quiero quererte como núcleos atómicos en una fusión nuclear,/como las hojas verdes al otoño,/como un vagabundo a su acera,/como un acantilado al viento y almar,/como las cosas al tiempo/--y al desgaste--”) o metáforas relacionadas a menudo con la naturaleza (“Están germinando las flores de mi huida”, “florecieron los girasoles a la luz de la plata”,  “la hojarasca de un corazón a capas/que se abre con la más mínima brisa”, “qué cogorza la del recuerdo/dormitando el sol en los arcos/del Albayzín de mi pecho”), que acompaña a la rota voz poética en los atardeceres, los ocasos, los otoños y los grises (“En búsqueda de otro atardecer,/de una chispa para el corazón nemoroso”, “¿será este el último ocaso que verán mis ojos a través de los tuyos/amarrados como un barco en zozobra a mi alma?”, “arde el ocaso”, “se ha fatigado el día, sepultado/bajo una losa de mármol gris”).

Por los poemas de Juan Francisco Mercader --verso libre, asonantes, amplios o leves según las emociones-- dejan sus huellas Bécquer, san Juan de la Cruz, Quevedo, Pedro Salinas, Salinger, Fante, Cortázar, Borges, Neruda, Machado, García Lorca... Y la ciudad de Granada y su belleza pugnando por suturar el espíritu roto y náufrago: “Aunque quisiera escribir los versos más tristes esta noche,/las perlas que inundan la panorámica de Granada/me niegan cualquier reproche”.

Mariano Moreno Requena, noviembre de 2025.

4.6.25

Los poemas de Mikel

 Antonio Álvarez de Garmendia
Los poemas de Mikel
Azur Grupo Editorial, Almería, 2024


No estoy seguro de que Antonio Álvarez de Garmendia (Murcia, 12 de abril de 1971) haya leído o conozca al escritor francés Romain Rolland (1866-1944), pero de lo que estoy seguro es que podría suscribir uno de sus pensamientos vitales --que también suscribió, por cierto, mi admirado Gabriel Miró--: “No hay más que un heroísmo: ver el mundo según es, y amarlo”. Como Rolland, Álvarez de Garmendia es un pacifista que se enfrenta al mundo y sus injusticias mediante el amor, como buen discípulo de los filósofos sufíes y pensadores budistas en los que ha buceado en busca de una razón de vida. “Criado” desde muy joven en las enseñanzas del querido Dr. Félix Rodríguez de la Fuente, su trayectoria vital no ha dejado de estar unida al compromiso social y político, pues ha estado ligado a grupos políticos de izquierda y movimientos sociales, así como al ecologista. Sus estudios de Arte Dramático y Danza le han llevado a fundar su propia compañía teatral y a desarrollar su creatividad como dramaturgo y poeta. Solidario y comprometido con el que sufre, inquieto siempre, ha vivido en ciudades europeas y americanas donde ha recogido experiencias y ha cargado su mochila de humanidad, que siempre comparte con quien encuentra. En la permacultura, una filosofía de la vida sostenible ligada a la agricultura respetuosa con el medio ambiente y las personas, ha encontrado últimamente un objetivo vital que merece la pena apoyar en un mundo de crisis social y ambiental que nos atañe a todos. 

 Los poemas de Mikel es un libro dedicado a la memoria de Mikel Martín Conde --un buen amigo al que ha perdido recientemente--, en el que Antonio Álvarez ofrece su propia esencia a través de versos breves, sencillos, ágiles y llenos de frescura y optimismo, aunque en muchos de ellos sobrevuelen las nubes del dolor y la tristeza, gozosamente vencidas siempre por el amor que impregna el espíritu del poeta. Las influencias de los autores y filosofías orientales en esta visión del mundo son evidentes e, incluso, proclamadas por el autor en las versiones que hace de poemas de Ibn Arabi, Al-Hallaj, Jalalulim Rumi, Shams Tabrizi o la Sutra del Corazón budista.

La ausencia del amigo impregna todo el poemario:  “Tu lugar/ en mi corazón/ es/ el corazón entero”; “Recordando,/ he comprendido/ que mi mejor poema/ eres tú”; “En la noche/ cuando/ el sueño llega,/ te recuerdo”; “Te extraño a ti,/ como los desiertos/ extrañan la lluvia./ Nada me sacia de ti./ Te resucito/ en cada recuerdo”; la pervivencia del amigo en el recuerdo le permite seguir viviendo, buscando la luz (“Mira hacia el horizonte/ y verás/ que la luz hace aún/ más bella la oscuridad”, p. 33), en un mundo lleno de dolor y sufrimiento que necesita solidaridad (“Hoy he sentido/ el grito de las palomas/ cuando clavan sus garras/ en la carne blanda./ Hoy he estado/ con miedo,/ con asco de la indignidad/ del que daña sin motivo” p. 30; “Cuando veo dolor,/ siempre pienso en aliviarlo/ y, por esto, la belleza/ aparece también” p. 81). El baile del derviche sufí parece encarnarse en un poema que canta al centro para llegar al otro: “En el centro,/ donde todo es lo mismo,/ pero parece distinto./ Allí donde la materia/ pierde su peso,/ allí bailo y salto de alegría./ Por eso me siento/ tan puro, tan pleno/ y puedo ver todo el cosmos/ en mi semejante” (p. 20). Y en muchos poemas se suceden los juegos de contrarios --llanto y risa, dolor y placer, mentira y perdón, muero y vivo, premio y castigo, luz y sombra, Dios es lo lleno y lo vacío, búsqueda y encuentro...-- para describir la experiencia de la vida, contradictoria y en constante evolución (“Una y otra vez,/ estoy naciendo/ y tengo/ mil formas” p. 59).

La presencia de la naturaleza en estos poemas es notable: la belleza está en lo insignificante (“Veo/ rugir la belleza/ en las cosas/ más pequeñas./... No dejo de amar lo humano,/ pero me siento/ más animal” p. 11), la naturaleza es su refugio ante el dolor (“Donde las montañas/ caminan con pasos de siglos,/ allí,/ allí vuelo./ Atravieso arena de cera,/ el universo se derrite,/ la tierra se ablanda,/ el aire se espesa/ y vuelo/ vuelo lejos,/ lejos del dolor” p. 25) o un lugar donde siente la presencia del Dios deseado (“Cuando el sol/ hace crecer todo lo que ilumina,/ cuando la luna/ duerme la naturaleza./...Cuando siento/ que el poema no termina,/ entonces veo a Dios/ creando todas las cosas” p. 68), el Dios sufí que “puede tener/ todas las formas,/ todos los nombres,/ (y) es uno solo/ y su creación también” (p. 79). A veces, es el lugar del reencuentro con el amigo después de una caída: “Cuando caigo/ cuando me dejo caer al suelo,/ las mariposas se hacen sólidas en el aire/ y rompen sus alas/ con leve gemido de cristal./... Pero los colores me atrapan/ y me llevan hacia la luz,/ me llevan hacia el mar,/ me llevan a las montañas,/ me llevan hacia la nieve,/ me llevan hacia el fuego/ y allí te encuentro” (p. 26).

La búsqueda del poema, de las palabras que logren aprehender el sentimiento de la realidad es otro de los motivos del poemario de Antonio Álvarez: “Para buscar/ el poema que huye,/ para encontrar el poema,/ mírate./... Es tu corazón, que late/ por encima del dolor,/ que late” (p.27). Y a menudo acude al maestro Federico para pedir ayuda en la búsqueda de las palabras: “Para encontrar el poema,/ no sirven los caminos,/ solo vale notar en las venas/ cómo la sangre brota,/ igual que flores de lirio” (p. 38). La poesía que pueda redimirlo del dolor: “¡Oh, poesía!/ Sácame de este pozo,/ de estos lamentos/ que hay dentro de mí./ Dame alas para poder volar/ y sentir/ el aire/ entorno a mí” (66) y que define en otro momento: “La poesía es/ el peso/ de las palabras/ en equilibrio” (p. 105).

 En la poesía de Antonio Álvarez de Garmendia hay un sentimiento hondo de la vida, donde el duelo y el dolor son vencidos por el amor, la luz, la esperanza, y donde la entrega al otro ayuda a superar la tristeza. En una de sus más bellas poesías, el jazmín simboliza el espíritu optimista y apasionado por la vida de la sensible voz poética que inunda todas la páginas del libro: “El jazmín es un grito/ que nace/ envuelto en sábanas blancas./ En su olor/ me desespero/ esperando la noche/ para estar contigo./ Entre las sombras/ todo mi amor/ se convierte en la luz/ que lo ilumina todo” (p.116). Y en otro momento, proclama: “Yo he encontrado/ las flores de la amargura/ coronando las montañas del deseo./ Por eso, el amor/ es mi única batalla./ La única verdad por la que muero,/ la única verdad por la que vivo” (p. 53). El amor, una y otra vez, es el vencedor de la tragedia humana, el que la hace trascender, el que la acaba liberando de la finitud, un “amor constante más allá de la muerte” quevediano que el poeta ubica en su propio interior enamorado (“La eternidad dentro de mí”, p. 54).

 Mariano Moreno Requena (junio de 2025).