Los poemas de Mikel
es un libro dedicado a la memoria de Mikel Martín Conde --un buen amigo al que ha perdido recientemente--, en el que Antonio Álvarez ofrece su propia esencia a través de versos breves, sencillos, ágiles y llenos de frescura y optimismo, aunque en muchos de ellos sobrevuelen las nubes del dolor y la tristeza, gozosamente vencidas siempre por el amor que impregna el espíritu del poeta. Las influencias de los autores y filosofías orientales en esta visión del mundo son evidentes e, incluso, proclamadas por el autor en las versiones que hace de poemas de Ibn Arabi, Al-Hallaj, Jalalulim Rumi, Shams Tabrizi o la Sutra del Corazón budista.
La ausencia del amigo impregna todo el poemario: “Tu lugar/ en mi corazón/ es/ el corazón entero”; “Recordando,/ he comprendido/ que mi mejor poema/ eres tú”; “En la noche/ cuando/ el sueño llega,/ te recuerdo”; “Te extraño a ti,/ como los desiertos/ extrañan la lluvia./ Nada me sacia de ti./ Te resucito/ en cada recuerdo”; la pervivencia del amigo en el recuerdo le permite seguir viviendo, buscando la luz (“Mira hacia el horizonte/ y verás/ que la luz hace aún/ más bella la oscuridad”, p. 33), en un mundo lleno de dolor y sufrimiento que necesita solidaridad (“Hoy he sentido/ el grito de las palomas/ cuando clavan sus garras/ en la carne blanda./ Hoy he estado/ con miedo,/ con asco de la indignidad/ del que daña sin motivo” p. 30; “Cuando veo dolor,/ siempre pienso en aliviarlo/ y, por esto, la belleza/ aparece también” p. 81). El baile del derviche sufí parece encarnarse en un poema que canta al centro para llegar al otro: “En el centro,/ donde todo es lo mismo,/ pero parece distinto./ Allí donde la materia/ pierde su peso,/ allí bailo y salto de alegría./ Por eso me siento/ tan puro, tan pleno/ y puedo ver todo el cosmos/ en mi semejante” (p. 20). Y en muchos poemas se suceden los juegos de contrarios --llanto y risa, dolor y placer, mentira y perdón, muero y vivo, premio y castigo, luz y sombra, Dios es lo lleno y lo vacío, búsqueda y encuentro...-- para describir la experiencia de la vida, contradictoria y en constante evolución (“Una y otra vez,/ estoy naciendo/ y tengo/ mil formas” p. 59).
La presencia de la naturaleza en estos poemas es notable: la belleza está en lo insignificante (“Veo/ rugir la belleza/ en las cosas/ más pequeñas./... No dejo de amar lo humano,/ pero me siento/ más animal” p. 11), la naturaleza es su refugio ante el dolor (“Donde las montañas/ caminan con pasos de siglos,/ allí,/ allí vuelo./ Atravieso arena de cera,/ el universo se derrite,/ la tierra se ablanda,/ el aire se espesa/ y vuelo/ vuelo lejos,/ lejos del dolor” p. 25) o un lugar donde siente la presencia del Dios deseado (“Cuando el sol/ hace crecer todo lo que ilumina,/ cuando la luna/ duerme la naturaleza./...Cuando siento/ que el poema no termina,/ entonces veo a Dios/ creando todas las cosas” p. 68), el Dios sufí que “puede tener/ todas las formas,/ todos los nombres,/ (y) es uno solo/ y su creación también” (p. 79). A veces, es el lugar del reencuentro con el amigo después de una caída: “Cuando caigo/ cuando me dejo caer al suelo,/ las mariposas se hacen sólidas en el aire/ y rompen sus alas/ con leve gemido de cristal./... Pero los colores me atrapan/ y me llevan hacia la luz,/ me llevan hacia el mar,/ me llevan a las montañas,/ me llevan hacia la nieve,/ me llevan hacia el fuego/ y allí te encuentro” (p. 26).
La búsqueda del poema, de las palabras que logren aprehender el sentimiento de la realidad es otro de los motivos del poemario de Antonio Álvarez: “Para buscar/ el poema que huye,/ para encontrar el poema,/ mírate./... Es tu corazón, que late/ por encima del dolor,/ que late” (p.27). Y a menudo acude al maestro Federico para pedir ayuda en la búsqueda de las palabras: “Para encontrar el poema,/ no sirven los caminos,/ solo vale notar en las venas/ cómo la sangre brota,/ igual que flores de lirio” (p. 38). La poesía que pueda redimirlo del dolor: “¡Oh, poesía!/ Sácame de este pozo,/ de estos lamentos/ que hay dentro de mí./ Dame alas para poder volar/ y sentir/ el aire/ entorno a mí” (66) y que define en otro momento: “La poesía es/ el peso/ de las palabras/ en equilibrio” (p. 105).
En la poesía de Antonio Álvarez de Garmendia hay un sentimiento hondo de la vida, donde el duelo y el dolor son vencidos por el amor, la luz, la esperanza, y donde la entrega al otro ayuda a superar la tristeza. En una de sus más bellas poesías, el jazmín simboliza el espíritu optimista y apasionado por la vida de la sensible voz poética que inunda todas la páginas del libro: “El jazmín es un grito/ que nace/ envuelto en sábanas blancas./ En su olor/ me desespero/ esperando la noche/ para estar contigo./ Entre las sombras/ todo mi amor/ se convierte en la luz/ que lo ilumina todo” (p.116). Y en otro momento, proclama: “Yo he encontrado/ las flores de la amargura/ coronando las montañas del deseo./ Por eso, el amor/ es mi única batalla./ La única verdad por la que muero,/ la única verdad por la que vivo” (p. 53). El amor, una y otra vez, es el vencedor de la tragedia humana, el que la hace trascender, el que la acaba liberando de la finitud, un “amor constante más allá de la muerte” quevediano que el poeta ubica en su propio interior enamorado (“La eternidad dentro de mí”, p. 54).
1 comentario:
Gracias Mariano, .. tu estás entre mi piel y mis huesos.. Un abrazo muy grande.
Antonio Alvarez de Garmendia
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